sábado, 29 de agosto de 2009

"La paz de la pesca" parte 1

 
Rincón nuevo en Tragavientos: Relatos de la Mar.
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    Despunta el alba cuando salgo de casa acomodándome un grueso jersey de lana que suelo usar. Todavía estoy medio dormido y me quito las legañas mientras dejo escapar un bostezo que amenaza con desencajarme la mandíbula. Un viento frío pero suave me acaricia la cara y me va despertando en mi paseo matutino hacia el puerto. En la boca una pipa humeante. En la mano izquierda una pequeña red. En la derecha un cubo de plástico azul con asa metálica oxidada manchado de la imperecedera tinta de calamar. En él llevo casi todo lo que necesito para la mañana de pesca: un par de aparejos montados con anzuelo al final de la línea y sin plomo, nylon y anzuelos para las posibles roturas, una navaja, una bolsa con los deshechos del pescado de la cena de ayer, algo de tabaco, mechero, llaves, una armónica y una capa impermeable.

     Llegando al muelle paso junto a un grupo de pescadores locales. A mi saludo suelen responder con una sonrisa, un gesto con la cabeza o con superior indiferencia. Esta vez todos me saludan. La mayoría de ellos son gente agradable y te echan una mano cuando la necesitas, cosa que en el mar es de agradecer mucho más de lo que lo es en tierra, pero a algunos parece que les toca los cojones que un veraneante pesque sus peces o navegue en su ría.
Me dirijo hacia el pantalán caminando sobre la pasarela, que en una pleamar fuerte como la de hoy está prácticamente horizontal. Ya hace tres días que hubo luna nueva pero las mareas siguen teniendo fuerza. En el camino hacia mi plaza de amarre voy buscando indicios de la presencia de los pequeños pececitos que me servirán de cebo. Hay un par de bancos grandes así que no tardaré demasiado en coger los que necesito.
       Mi embarcación es una pequeña lancha de madera de unos cinco metros de eslora. Tiene la forma típica de las pesqueras del norte, con una proa vertical, alta y orgullosa, de formas afiladas cerca de la flotación pero que se ensancha gradualmente según sube para crear un castillo amplio que la permite capear las olas a las que nos acostumbra el cantábrico. Una bañera y una popa llenas le dan estabilidad y sus costados bajos facilitan las labores de pesca. La obra muerta está pintada en blanco y la obra viva en verde, como lo estaban casi todas las lanchas de la ría hace 30 años. Tiene un viejo motor diesel que hace un ruido infernal a la vez que proporciona una vibración que desesperaría al más paciente. Un Solei de 15 caballos colocado en el centro y metido en una caja de madera que supera la altura del costado por medio palmo, pintada de blanco al igual que todo el interior de la bañera, excepto los paneles, que están sin pintar. Pegado a la cara de popa de la caja hay un pequeño cuadro de controles con el interruptor de arranque, la clavija de la bomba de achique y dos o tres  indicadores luminosos. Se gobierna desde popa con un timón de caña hecho de madera y pintado de blanco, que es aconsejable sacar del agua al amarrarla. La marcha se controla con una palanca colocada a estribor. Por último un par de cornamusas coronan el castillo de proa, colocadas en las amuras, otra en medio del castillo y una más en popa y dos toletes para una pareja de remos pintados como la lancha.

    Tras coger la bolsa con los restos de pescado, dejo el cubo sobre la caja del motor, saco del agua un bidón de plástico amarillo con agujeros que uso a modo de vivero y me acerco a uno de los bancos de “panchos”. Están bastante tranquilos. Todavía no ha empezado a bajar la marea, así que casi no tienen que nadar para mantener su posición en el banco. Impregno la red con los restos de pescado y la bajo poco a poco sobre el banco de peces. Al verla se separan de ella asegurándose de que está fuera de su alcance, pero tras unos segundos empiezan a interesarse. Algunos se acercan y mordisquean los laterales de la red. Hacen movimientos rápidos como si al tocarla notaran el peligro pero, poco a poco, se van confiando. El banco vuelve a juntarse alrededor de la red y los panchos comen los trozos de pescado que se desprenden y quedan suspendidos en el agua. Y cuando un buen número de ellos está sobre la red, la saco de un tirón. He debido coger unos veinte. Con eso me basta. Los meto en el vivero, sacudo la red para limpiarla y embarco con mi captura para colocar el timón en su sitio.
     Tras soltar las cuatro amarras que me unen al pantalán, pongo el cubo en la cubierta, saco las llaves y enciendo el motor. El estruendo hace que una gaviota que había posada en una barca cercana levante el vuelo hacia el espigón de piedras cubiertas de verdín y cangrejos. El agua salada sale por el tubo de escape al compás de las explosiones del motor. Me siento en popa y pongo marcha atrás para salir del pantalán. Aunque marcha atrás el timón casi no gobierna, me da el giro suficiente para salir cómodamente. Punto muerto. La hélice de bronce deja de moverse por un instante, para impulsarme cuando se lo pida rumbo a mi parte favorita de la apacible ensenada.

...continuará.



Manuel Alonso.

7 comentarios:

ra. dijo...

esperamos continuación señor Alonso.
!

Manuel Alonso dijo...

Llegará con la siguiente pleamar...

ra. dijo...

tendremos las redes preparadas

jorge dijo...

el manolo, que resulto ser escritor, no querias ser ingeniero naval de mayor?

Anónimo dijo...

Adelante al que gobierna. Empieza tu día. Ya tienes todo en la barca y la mar te espera con los brazos abiertos de la ría. Los vientos te son favorables y en la mar tienes lo que anhelas. Pon proa entre la punta y el faro, escala las olas pues el róbalo te espera.

Otro viejo del mar

ra. dijo...

gran parrafo marino, si señor.

Redacción Tragavientos dijo...

Don Alonso, los lectores necesitan de continuacion.

Gracias.

(:

 
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